Una vez pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro. Eran conscientes de las dificultades con las que se iban a encontrar al llegar para poder entrar, pero no se acobardaron y siguieron su camino.
"Ordenanza imperial. Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos, o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si, pues, alguno es convicto de haberlos destruido, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio, como si quien se dirige contra la religiosidad de los hombres lo hiciera contra los mismos dioses.
Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto a nadie permitido cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital."
Al llegar tuvieron la fortuna de ser las primeras en contemplar el prodigio. En efecto, San Marcos cuenta que mientras iban andando “se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de entrada al sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada; era ciertamente muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. El les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron” (Mc 16, 3-6).